
— ¿Y ella qué dijo?
— Inmediatamente comenzó a acostumbrarse a este nombre.
— ¿Conoce usted su idioma?
— Recuerdo varias palabras. Aproximadamente unas doscientas.
— ¿Es difícil el idioma?
— No mucho. Le va a asombrar lo que voy a decirle. Me parece que en este idioma hay algo conocido.
— ¿Cómo puede ser esto? Un idioma de un planeta extraño...
— A mí me parece esto raro. Pero no puede uno olvidar la impresión de que las palabras tienen un sonido conocido. Es posible que cuando conozcamos más cosas... Por ahora sabemos poco. Esta rara muchacha no quiere enseñarnos su idioma.
— No comprendo ¿por qué?
— A esto puede sólo responder la misma Guianeya. ¡Inténtelo!
El sharex se detuvo. La pared ciega del túnel de seguridad ocultaba el andén de la estación. En el suelo se abrió una escotilla (la alfombra que parecía de una pieza se separó en este sitio). De un lugar de la parte baja del vagón se deslizaron hacia abajo los escalones de una ancha escalera.
Bolótnikov se despidió una vez más de Murátov, una vez más le dio las gracias y salió.
Con él descendieron unas diez personas y subieron otros pasajeros.
Murátov no descendió al andén pues sabía que el sharex paraba sólo cuatro minutos.
Sonó la señal de salida. La escotilla del suelo del vagón se cerró. La alfombra se volvió a unir. Era imposible notar dónde se encontraba la juntura.
El vagón se balanceó casi imperceptiblemente. Pasaron hasta desaparecer las paredes del túnel y el tren salió a cielo raso. Cada vez pasaban más rápidamente las casas de Poltava, el sharex adquiría impetuosamente velocidad.
