
Selena había quedado atrás. Se acercaban rápidamente los grandes edificios de Poltava.
Los pasajeros más impacientes comenzaron a levantarse de sus sitios. El vagón no tenía divisiones ni departamentos. Formaba un solo local, cuyo suelo estaba cubierto por una alfombra blanda y afelpada. Formaban su mobiliario pequeñas mesitas, aparadores y libreros, pantallas portátiles de televisión. Los sillones se podían colocar donde se quisiera según el deseo de los pasajeros.
Una voz metálica dijo:
— ¡Poltava!
— ¡Adiós, querido! — dijo Bolótnikov —. Me ha sido muy agradable conocerle.
— ¿Va a estar usted mucho tiempo en Poltava?
— Unas dos semanas.
— Entonces no adiós, sino hasta la vista. Yo estaré aquí dentro de tres días.
— ¿A recibir a la Sexta expedición?
— Precisamente para esto.
— Entonces, nos veremos, si usted no tiene inconveniente.
— Al contrario, con mucho gusto. A propósito ¿usted sabe que estará Guianeya?
— Lo sé y la quiero ver. Hasta ahora no he podido. Sólo la he visto en fotografía y en el cine.
— ¿Quiere usted conocerla personalmente?
— Tengo grandes deseos, ¿pero cómo hacerlo?
— Mi hermana acompaña como traductora a Guianeya. Acerqúese a ella, salúdela de mi parte y ella se la presentará.
— ¡Muchas gracias! Obligatoriamente lo haré. Me interesa mucho ver a Guianeya.
Dígame ¿éste es su verdadero nombre? Quiero decir ¿si suena así en su idioma?
— No exactamente. Su nombre suena aproximadamente así — Murátov pronunció lentamente alargando las sílabas — : Guiyaneia. De esta forma lo pronunció ella hace año y medio en su primera entrevista con las personas. La comenzamos a nombrar más sencillamente: Guianeya.
