Los científicos no habían perdido las esperanzas de obtener al fin respuesta a las cuestiones que les interesaban. Pues Guianeya no podía guardar silencio eternamente. Si alguna vez ella quisiera regresar a su patria sólo lo podría hacer con la ayuda de las personas de la Tierra, con la ayuda de la técnica terrestre.


Recientemente se reforzó esta esperanza de romper la incomprensible terquedad de Guianeya. Por primera vez la huésped habló del pasado.


 — Yo abandoné mi patria casi en contra de mi voluntad — dijo ella a la única persona hacia la que sentía manifiestamente una inclinación, a Marina Murátova, lingüista leningradense, la misma que la acompañaba ahora en el tren —. Pero no sé por qué no siento nostalgia. Y llegué a la Tierra, completamente en contra de mi voluntad. Esta expedición fue particularmente desafortunada para mí. Pero quedarme con ustedes para siempre... — ella se extremeció.


¡Por fin se manifestaba en Guianeya un sentimiento humano! Durante año y medio se mantuvo desde el primer momento con una tranquilidad aparente.


 — ¿Su patria es mejor que nuestra Tierra? — le preguntó Marina completamente convencida de que obtendría una respuesta afirmativa.


Y se equivocó.


 — No — contestó Guianeya —. Su Tierra es mucho más bella. Pero para mí son muy queridos los recuerdos de la infancia y de la juventud.


Y esta fue toda la respuesta. De nuevo Guianeya se encerró en sí misma sin contestar a las numerosas preguntas que le hizo Marina intentando continuar la conversación.


Sin embargo, esto fue un destello. A Guianeya la rodearon todavía de más atenciones y cuidados. Se decidió no forzar los acontecimientos, esperar a que ella misma quisiera hablar. Ya que había hablado de su pasado, tarde o temprano, volvería de nuevo a hablar de él.



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