¿Podía ser que Guianeya quisiera ver de cerca la naturaleza de la Tierra?


Quedaba poco tiempo. Para el sharex, que iba a toda velocidad, cien kilómetros eran diez minutos. El grupo de pasajeros se dirigió hacia una pequeña elevación que se encontraba a unos cuarenta metros de la pista. No era tan interesante mirar desde abajo el paso del expreso.


Guianeya fue la primera que llegó a la pequeña colina. Eran rasgos característicos de esta muchacha la movilidad, la preferencia clara a la carrera en vez de la marcha, el movimiento impetuoso. Corrió ligeramente por una pendiente bastante inclinada, salvando los últimos metros de un salto.


Se dibujaba con precisión su silueta esbelta, sus hombros perfectamente torneados y la posición altiva de su cabeza en el fondo del cielo azul. A la luz solar, que hacía desaparecer desde lejos el matiz verdoso de su cuerpo, Guianeya se asemejaba a una estatua de color de bronce con un vestido corto, cegadoramente blanco.


 — ¡Muy bella! — dijo uno de los pasajeros del vechebús.


Marina era una buena deportista, pero en la subida a la colina se quedó unos diez metros atrás de su acompañada. Al encontrarse junto a ella involuntariamente prestó atención a la respiración tranquila y rítmica de Guianeya. La subida veloz, evidentemente, ni la había cansado, ni le había alterado el ritmo de los latidos del corazón.


 — Oigo un zumbido continuo — dijo Guianeya, extendiendo el brazo hacia aquella parte de donde debía aparecer el expreso.


Estaba todavía muy lejos, más allá del horizonte. Nadie en el mundo podría captar a esta distancia el ruido característico del sharex que iba a toda marcha. Pero Marina no dudó ni un segundo de que Guianeya en realidad oía este sonido. Muy frecuentemente tuvo ocasión de convencerse de la agudeza fenomenal del oído de la huésped.



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