
Un carrero los llevó a Galena, en el territorio de Illinois. Este tramo del viaje había llevado una semana entera durante la cual los mosquitos, el clima y el traqueteo de la carreta por el terreno desigual contribuyeron al malestar general. En Galena tomaron un buque de vapor hacia St. Paul, donde subieron a una carreta tirada por bueyes que los condujo a pocos kilómetros de las cataratas de St. Anthony.
¡Dios mío! Comparada con Boston la ciudad era decepcionante por completo, nada más que algunas construcciones rudimentarias, toscas, sin pintura. Le hizo pensar a Anna qué debía esperar de Long Prairie, ese pueblo de frontera donde conocería a su futuro esposo.
Durante más de un mes, no tuvo otra cosa que hacer sino observar cómo se deslizaban kilómetros y kilómetros de tierra y agua y preocuparse por lo que Karl Lindstrom haría cuando se enterara del engaño.
Con los nervios destrozados, se preguntaba cómo se le había ocurrido, alguna vez, que llevaría adelante con éxito semejante plan.
Una mentira se haría evidente de inmediato: James. Nunca le había dicho a su futuro esposo que tenía un hermano por el que se sentía responsable. No tenía idea de cuál sería la reacción de ese hombre cuando se encontrara con un cuñado adolescente junto a su futura esposa.
La segunda mentira era su edad. Karl Lindstrom había especificado en el anuncio que deseaba una mujer madura y experimentada; de modo que Anna sin lugar a dudas sabía que, de haber admitido su verdadera edad, Lindstrom la consideraría más inmadura que el trigo en primavera. Por eso le había dicho que tenía veinticinco años -igual que él-, en vez de diecisiete. Anna se imaginaba que cualquier mujer de veinticinco años tendría la experiencia práctica requerida para ser una esposa de frontera. ¡Dios la protegiera cuando se descubriera la diferencia!
