
Por primera vez en su vida, Anna deseó tener algunas arrugas, algunas patas de gallo, algún rollo en la cintura, ¡cualquier cosa que la hiciera parecer mayor! Apenas la viera, Lindstrom descubriría la verdad. ¿Y qué diría entonces? “Llévate a tu hermano y vuélvanse derecho a Boston.” ¿Con qué?, pensó Anna.
¿Qué harían si Lindstrom los dejara totalmente desamparados y sin recursos? Anna se había visto forzada a ganarse el dinero del pasaje para llevarse a James a Minnesota con ella, sin que Lindstrom se enterara, y el recuerdo la hacía estremecer y le hacía más doloroso el nudo que tenía en el estómago. “¡Otra vez, no!”, pensó. “¡Nunca más!”
Tanto ella como su hermano estaban a merced de Lindstrom. Pensar que él, tal vez, hubiera contado algunas mentiras, la ayudaba a calmar su estómago irritado. No había ninguna garantía de que Karl no hubiera mentido. Le había escrito acerca del lugar y de sus planes para el futuro, pero la preocupaba que le hubiera hablado muy poco de sí mismo. ¡Tal vez porque no había mucho que decir!
Había escrito hasta el cansancio sobre ¡Minnesota, Minnesota, Minnesota! Disculpándose por su falta de originalidad y su inglés imperfecto, Karl citaba artículos de periódicos donde se atraía a los inmigrantes y colonos a ese lugar indómito.
«Minnesota es mejor que la llanura. Es un lugar donde se puede vivir con sencillez pero con más de lo suficiente. Un lugar en el que hay bastantes árboles para el combustible y materiales para la construcción. Un lugar donde los frutos silvestres crecen en cantidad, mientras animales de caza de todo tipo recorren los bosques y las praderas; lagos y arroyos donde abundan los peces. Bosques generosos, praderas fértiles, colinas, lagos y arroyos en los que el cielo se refleja brindan generosamente su utilidad y su belleza.»
Estas descripciones, escribía Karl, llegaron hasta su Suecia natal, donde una repentina explosión demográfica trajo aparejada la escasez de la tierra. Minnesota, tan parecida a su amada Skane, lo había seducido con esta invitación.
