James viajaba montado sobre canastos, barriles y bolsas, con el ceño fruncido por la preocupación. Pensaba, mientras se zarandeaba sobre ese maltrecho camino estatal, en cuál sería su destino si Lindstrom mantuviera la promesa de casarse con Anna pero sin incluirlo a él en el convenio. Miró al sol frunciendo el entrecejo. Llevaba una gastada gorra encasquetada hasta los ojos; un mechón castaño rojizo asomaba por encima de las orejas; líneas demasiado profundas para un rostro tan infantil surcaban su frente.

– Vamos -dijo Anna, tocando con suavidad los nudillos del muchacho, de tamaño inadecuado para el largo de sus dedos-. Todo va a salir bien.

Pero él seguía mirando hacia el oeste, mientras su cabeza, recostada contra el costado de la carreta, se sacudía, cada vez que las ruedas caían en algún bache.

– Ah, ¿sí? ¿Y qué, si nos manda de vuelta? ¿Qué hacemos entonces?

– No creo que lo haga. De cualquier modo, nos pusimos de acuerdo, ¿no?

– ¿Sí? -preguntó, echándole una rápida mirada-. Debimos haberle dicho esa parte de la verdad.

– ¡Y terminar pudriéndonos en Boston! -replicó Anna por centésima vez.

– Y así, terminaremos pudriéndonos en Minnesota. ¿Cuál es la diferencia?

Pero Anna odiaba discutir y le dio un cariñoso pellizco en el brazo.

– Vamos, te estás echando atrás.

– ¡Y tú, no! -respondió James sin aceptar el mimo.

Había visto cómo Anna se agarraba el estómago. Al notar su cara contraída, James lamentó haber comenzado otra vez la discusión.

– Estoy tan asustada como tú -admitió ella finalmente, sin pretender ya disimular-. Me duele tanto el estómago, que creo que voy a vomitar.



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