Karl Lindstrom creía, sin ninguna sombra de duda, que Anna Reardon era tan buena como decían sus cartas, y él tomaba sus palabras a pies juntillas. Se paseaba ida y vuelta frente al negocio de Morisette, esperando ansioso la llegada de la próxima carreta de abastecimiento. Lustró sus botas una vez más, frotándolas con la parte trasera de sus pantalones. Se quitó la gorra de lana negra con pequeña visera, y la golpeó contra la cadera, miró el camino y volvió a ponérsela sobre el pelo rubio. Trató de silbar entre dientes pero sintió que desafinaba y se interrumpió. Se aclaró la garganta, metió las manos en los bolsillos y pensó en ella otra vez.

Se había habituado a pensar en ella como su “pequeña Anna, rubia como el whisky”. No importaba que hubiera dicho que era alta, tampoco que su pelo era rebelde. Karl la imaginaba tal como recordaba a las mujeres de su tierra: mejillas rosadas, fuerte, un rostro agradable enmarcado por rubias trenzas suecas. Pecas, había dicho. Pasable, había dicho. ¿Qué significaba eso, pasable? Quería que ella fuera más que pasable, deseaba que fuera bonita.

Luego, con un sentimiento de culpa por darle demasiado valor a algo tan superficial, comenzó a pasearse una vez más, diciéndose: “¿Qué hay en una cara, Karl Lindstrom? Lo que importa es lo de adentro”. A pesar de sí mismo, Karl seguía esperando que su Anna fuera linda. Pero se dio cuenta de que esperar belleza de alguien que fuera capaz de ayudar tanto en la granja era demasiado.

Lo único que lo preocupaba era que fuera irlandesa. Había oído decir que los irlandeses se irritaban con facilidad. Donde ellos vivirían, tan lejos de los demás, teniéndose sólo el uno al otro, buen arreglo resultaría si ella mostraba tener mal genio. Él, por ser sueco, era un tipo amable, por lo menos eso creía. No consideraba que su carácter pudiera disgustar a ninguna mujer, aunque a veces, mirándose al espejo, pensaba que su cara sí lo haría. Le había dicho a Anna que su cara no era para asustar a nadie, pero cuanto más se acercaba el momento del encuentro, más le temía. A pesar de todo, tenía la certeza de que a ella le encantaría el lugar.



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