Pensó en sus tierras, muy extensas, mucho más que en Suecia. Pensó en su yunta de caballos, algo raro en este lugar donde todo el mundo tenía bueyes que costaban doscientos dólares menos que su hermoso par de percherones. Los había bautizado con dos de los nombres más americanos -Belle y Bill- en honor a su nueva patria adoptiva. Pensó en su casa de adobe, que había limpiado tan meticulosamente antes de salir, y en la casa de troncos, ya empezada. Pensó en sus campos de trigo, que maduraban a pleno sol y que sólo dos años atrás eran pura selva. Pensó en su manantial, su arroyo, su estanque, sus arces, sus alerces. Y a pesar de que le daba poca importancia a su persona o a su apariencia, se dijo: “Sí, tengo mucho que ofrecerle a una mujer. Soy un hombre rico”.

Pero soñaba con tener más.

Sacó las cartas de Anna del profundo bolsillo de sus pantalones y volvió a estudiar la letra con gran orgullo, pensando qué afortunado era por haber conseguido una mujer educada. ¿Cuántos hombres podían decir lo mismo? Aquí, un hombre era afortunado en tener cualquier mujer, ni hablar de que fuera educada. Pero su Anna había aprendido sus primeras letras en Boston; por lo tanto, podría algún día enseñarles a sus hijos. Al tocar el tosco papel sobre el que ella había escrito, y pensar que había pasado por sus manos -esas manos que él nunca había visto- y en los niños que alguna vez tendrían juntos, se le hizo un nudo en la garganta. Al pensar que nunca más tendría sólo a sus animales a quienes hablar, sólo su propio calor en la cama por la noche, sintió que el corazón se le salía del pecho.

“Anna”, pensó, “mi pequeña Anna, rubia como el whisky. ¡Cuánto esperé por ti!”


Anna se atrevió a espiar un poco por entre los hombros de los carreros mestizos, antes de esconderse detrás de ellos, secarse las palmas de las manos en su vestido de segunda mano y decirle a James que le avisara cuando le pareciera ver el almacén.



8 из 343