La sensación de ahogo, que se acentuaba por segundos, le hizo entrar en un estado de pánico histérico; se agitó con una violencia desmedida, moviendo brazos y piernas con toda la fuerza de que era capaz, y de alguna forma milagrosa, se sintió otra vez libre: le habían soltado. Aún podía percibir los volúmenes de las figuras que tenía alrededor, debatiéndose inútilmente y agarrándose unos a otros, pero en cuanto a él se trataba, sentía que nada le retenía por fin.

Todo su cuerpo clamaba con desesperación un poco de aire, pero ahora que había recuperado su libertad, la sensación de pánico había remitido. Comprendió entonces que si intentaba subir a la superficie, volverían a atraparle, y esta vez sin remedio; volverían a empujarle hacia el fondo, abrazándose a su cuerpo como repugnantes lapas, y sabía demasiado bien que a él apenas le quedaban unos pocos segundos. Intentó entonces alejarse, al menos un poco, moviendo brazos y piernas con sorprendente rapidez. Hacia dónde se dirigía, sin embargo, no lo sabía. Desconocía también si la barca de la que había sido arrebatado estaba en esa dirección, pero no había tiempo para nada más.

Después de lo que pareció una eternidad, vislumbró los reflejos del sol en el agua, y se dirigió hacia allí. Ya no importaba si había muertos a la deriva, tenía que subir, o acabaría flotando en aquellas aguas pútridas, con los ojos en blanco, para siempre. Sin quererlo, aspiró una bocanada de agua; su cuerpo empezaba a traicionarle. Creyó que se colapsaría. Se dobló por la mitad, y en la negrura brumosa que le rodeaba, pensó que era el final. Pensó también en sus amigos, en José, y en Susana, y cuando un flujo inesperado de imágenes de su infancia inundaron su cabeza como un torrente, irrumpió en la superficie.



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