Emergió como un ave fénix, con la boca abierta de par en par, hambriento de aire. Tosió violentamente, y expulsó el agua que había respirado. El pecho le ardía, pero la sensación de poder respirar de nuevo era embriagadora. Percibía los últimos rayos de sol, que anunciaban ya el ocaso inminente, a través de sus párpados cerrados, y el hombre se olvidó de los muertos por unos instantes, se embebió de vida y dio varias largas bocanadas antes de abrir los ojos.

Los recuerdos se habían desvanecido tan misteriosamente como habían venido; ahora, el concepto de su realidad regresaba con toda su terrible dureza. Estaba en el puerto, sí, pero al menos parecía que había nadado lo suficiente como para alejarse de los muertos.

Sin embargo, estaba físicamente agotado. A duras penas podía mantenerse a flote. La imagen que tenía delante era, además, terriblemente difusa, como si le costara enfocar bien. Al fin y al cabo, había sometido a su cerebro a una prolongada falta de oxígeno, y los bordes de su campo de visión estaban ensombrecidos, como si hubiera sufrido una lipotimia. Aun con eso, creyó ver a sus amigos alejándose con la barca. Intentó llamarles, pero le sobrevino un nuevo acceso de tos que casi puso en peligro su flotabilidad. La mandíbula inferior le temblaba, y de repente sintió deseos de estar a cien mil años luz de allí. Tener el cuerpo sumergido en aquel caldo espeluznante lleno de muertos vivientes flotando y debatiéndose con grandes aspavientos le producía asco y auténtico pavor a la vez.

Miró alrededor, buscando algo a lo que poder asirse. Era un hombre fuerte, y bastante grande además; tanto, que sus amigos le llamaban Dozer, como en «bulldozer». Pero se sentía débil, y si no encontraba algo pronto, temía lo peor.



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