
No había forma de que pudiera reunirse con sus amigos; un centenar de cabezas y brazos le separaban de ellos, y la barca parecía estar cada vez más lejos. Confuso, pestañeó, y el agua acumulada en sus pestañas resbaló por sus mejillas, como lágrimas amargas. Se alejaban, sí, pero ¿adónde iban? De pronto, un destello de dura comprensión atizó su castigado cerebro. Se alejaban porque llevaba demasiado tiempo debajo del agua. Demasiado tiempo, y demasiado lejos. No le buscarían más allá de la línea de zombis que les acosaban desde el agua. Sin duda le daban por muerto.
Gritó como pudo, pero su agónico grito no se diferenciaba mucho de los roncos bramidos de los muertos, ni conseguía imponer su voz a la de éstos.
Se iban. Se iban.
De pronto fue consciente de que una vez el estímulo visual de la barca desapareciera de la escena, todos aquellos espectros repararían en él. No sabían nadar, carecían de la coordinación psicomotriz necesaria, así que no supondrían una amenaza. Se limitaban a mantenerse a flote como podían, agitando los brazos desesperadamente, chapoteando con gestos violentos. Como si fueran gente ahogándose, luchando por sobrevivir.
Asqueado, Dozer miró hacia atrás. El muelle quedaba todavía a unos buenos cien metros, pero allí, el número de espectros era aún mayor. Formaban una hilera terrible y compacta, y los que estaban cerca del borde caían al agua, empujados por los que venían detrás. Intentar escapar por allí era del todo imposible.
Giró sobre sí mismo, buscando en la línea del horizonte. A lo lejos divisó los restos medio sumergidos del barco discoteca Santísima Trinidad, una impresionante carabela que participó en la batalla de Trafalgar y se empleaba ahora para celebrar eventos y comidas de empresa. Estaba partido por la mitad, y reacio todavía a hundirse, la proa y la popa asomaban formando una última uve de victoria. Los mástiles, visiblemente curvados, apuntaban hacia el cielo como las retorcidas ramas de algún árbol seco.
