
Sexcapadas. Juegos secretos y aventuras salvajes para amantes atrevidos.
Oh, cielos…
Cerró el libro de golpe, sintiendo cómo el rubor cubría sus mejillas. Pero su educación sureña se impuso y miró alrededor con los ojos entornados. Se oían voces al fondo y en otras zonas de la tienda, pero no había nadie más en el vestíbulo. Estaba sola, así que se permitió ir un poco más lejos. Con el corazón desbocado y la boca seca, leyó el título de la primera página sellada.
Atarlo. Para mujeres a las que les guste tener el control.
Un hormigueo erótico estimuló sus sentidos, pero aquellas palabras la afectaban a otro nivel. Hacía mucho tiempo que Regan no tenía el control de nada, ni siquiera de su vida. Sí, había tenido un buen comienzo, pero nada más.
Antes de su visita a Divine Events para cancelar sus planes de boda, se había pasado por Victoria's Secret y había adquirido el camisón más atrevido y sexy que pudo encontrar. Lo siguiente fue la ropa. Se tiró de la blusa de seda que llevaba abotonada hasta el cuello y que la estaba haciendo sudar. Soltó un resoplido de frustración. Su refinamiento sureño estaba tan arraigado que cualquier paso exigía ser minuciosamente pensado.
De ser la hija obediente a casi convertirse en la esposa sumisa, había vivido según las reglas que les inculcaron a ella y sus hermanas desde que nacieron. Sus padres ya tenían a un banquero y dos abogados como yernos, y Regan iba a añadir al tercer abogado al árbol genealógico. Regan se convertiría así en la hija perfecta, no en la oveja negra de la familia que todo lo hacía a su manera.
Su padre, el juez, se habría llevado una gran satisfacción si Regan hubiera celebrado la boda en el club de campo de Savannah. Su decisión había sido un motivo de gran decepción para la familia Davis.
También lo fue su traslado a Chicago un mes atrás, pero su novio había insistido en que se casaran y establecieran allí, en la ciudad donde lo habían nombrado socio principal del nuevo bufete. Regan había estado tan contenta por escapar de la opresión familiar que hubiera aceptado cualquier cosa. Y ahora tendría que arrojar la tercera bomba… Sacudió la cabeza, incapaz de reprimir una carcajada. Hasta entonces, el incendio de Atlanta había sido el día más negro en la historia de la familia Davis.
