
Nacida y criada como una belleza sureña, Regan había sido formada para ser la novia afortunada. Pero en vez de eso había sido la novia plantada, lo cual no la molestaba tanto como debería, teniendo en cuenta que su misión en la vida sería clasificada ahora como un fracaso por sus seres queridos. Su madre se llevaría una particular decepción. Kate Davis hacía lo posible por ser una buena madre cuando sus hijas cumplían con sus expectativas sureñas, pero el desafío de Regan la convertiría en una mujer extraña y hostil.
Cuando se enteraran de la ruptura del compromiso, su familia quedaría desolada, pero Regan estaba agradecida de haberse librado de su novio, quien había sido una concesión más a las expectativas.
Debería estar destrozada, pero la cancelación de la boda y la marcha de su novio del apartamento que compartían en un rascacielos de Chicago le ofrecían una grata sensación se alivio… a pesar de la traición de Darren. Ahora podía admitir que los dos se habían aprovechado mutuamente el uno del otro. Ella lo había escogido para complacer a su familia, sin importarle las carencias de la relación. Y él la había escogido por la posición de su padre en el mundo del derecho. Con todo, había sido Darren quien primero se marchara. Regan estaba casi tentada de aplaudir su coraje.
Para sus padres sería otro trauma descubrir que Darren se había hartado de los modales sureños de Regan mucho antes de abandonarla. Qué ironía que hubiera preferido a la abogada chillona y pegajosa a la que había contratado para trabajar con él. Regan sacudió la cabeza. No tenía derecho a pensar mal de una mujer que era lo bastante descarada para llevar minifaldas y usar un pintalabios oscuro y sensual.
