Desde el comienzo de su carrera la audiencia televisiva había quedado encandilada por su aire provinciano; pero los jugadores rivales no habían quedado tan encandilados por su encanto de niño bueno. Sabían que Bobby Tom era listo, decidido y difícil de atrapar. No sólo había sido el receptor más destacado de la NFL, sino que también había sido el mejor en su puesto y cuando una lesión en la rodilla, cinco meses antes de que se jugara en enero la SuperBowl, lo había obligado a retirarse con sólo treinta y tres años había sido natural que Hollywood mostrara interés en convertirle en el último héroe de sus películas de acción y aventura.

– Bobby Tom, los de Windmill tiene derecho a preocuparse. Te pagan bastantes millones de dólares para que ruedes tu primera película con ellos.

– ¡Soy futbolista, no una jodida estrella de cine!

– En enero, pasaste a ser un futbolista retirado -señaló Jack-. Y fuiste tú quien firmó el contrato para rodar esa película.

Bobby Tom se quitó su sombrero de vaquero, se pasó una mano entre su grueso cabello rubio y se volvió a poner el sombrero.

– Estaba borracho y buscaba darle un nuevo rumbo a mi vida. Deberías de haber impedido que tomara decisiones tan importantes cuando estoy bebido.

– Somos amigos desde hace mucho tiempo, y aún no te he visto borracho, así que esa no es una excusa. Y resulta que eres uno de los hombres de negocios más listos que conozco, así que sin duda alguna no necesitas el dinero. Si no hubieras querido firmar ese contrato con Windmill, no lo habrías hecho.

– Bueno, pues he cambiado de idea.

– Te he visto firmar más contratos de los que puedo contar, y nunca te he visto romper uno. ¿Estás seguro que quieres comenzar ahora?

– No he dicho que fuera a romper el maldito contrato.

Jack se levantó y colocó un par de carpetillas y cogió un tubo de Tums

Jack abrió el tapón plateado del bote de Tums.

– Sólo por curiosidad. ¿Sabes algo de actuar?



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