
Una de las mujeres chilló agudamente centrando la atención en el jacuzzi espumoso que había en el centro de unas rocas redondeadas sobre una plataforma cerca de las ventanas. Cuatro mujeres retozaban en las burbujas y Gracie sintió envidia y admiración al ver los brillantes pechos bronceados que sobresalían por las partes superiores de sus bikinis. Luego desplazó la mirada de las mujeres al único hombre que había en la plataforma, y se quedó paralizada.
Lo reconoció de inmediato por las fotos. Él permanecía de pie al lado del jacuzzi como un sultán examinando a su harén, y mientras lo miraba, todas sus fantasías sexuales secretas tomaron vida. Ese era Bobby Tom Denton. Santo Dios.
Era la personificación de cada hombre con el que había soñado alguna vez; Todos los chicos del colegio que la habían ignorado, todos los jovencitos que nunca recordaron su nombre, todos los hombres atractivos que habían elogiado su madurez pero que nunca habían pensado en invitarla a salir. Él era una brillante criatura sobrehumana que debía haber sido puesta sobre la tierra por algún Dios perverso, para recordarles a las mujeres feas como ella que algunas cosas eran inalcanzables.
Sabía por las fotos que había visto, que su sombrero vaquero ocultaba un cabello rubio y grueso y que el ala del sombrero escondía unos ojos color azul medianoche. A diferencia de ella, sus pómulos podrían haber sido cincelados por un escultor renacentista. Tenía la nariz firme y recta, la mandíbula fuerte y una boca que debería de venir con una etiqueta de advertencia. Era completa y soberanamente masculino, y mientras lo miraba, sintió el mismo deseo penetrante que experimentaba en las cálidas noches de verano cuando yacía sobre la hierba con los ojos clavados en las estrellas. Él brillaba intensamente, y era totalmente inalcanzable.
