Llevaba un sombrero de vaquero negro, unas botas vaqueras de piel de serpiente y un albornoz de terciopelo con motivos rojos y verdes con forma de relámpago. Teníaía una botella de cerveza en una mano y el humo ascendía desde el cigarro que sujetaba en una esquina de su boca. La piel entre el borde de las botas y la bastilla del albornoz estaba desnuda, revelando unas pantorrillas poderosamente fuertes; se le secó la boca al preguntarse si estaría desnudo bajo el albornoz.

– ¡Oye! Te dije que me esperaras junto a la puerta.

Dio un brinco cuando el corpulento hombre que la había dejado entrar apareció detrás de ella con un casete en la mano.

– Stella dijo que eras bastante caliente, pero le dije que quería una rubia. -La miró dubitativamente-. A Bobby Tom le gustan las rubias. ¿Eres rubia bajo la peluca?

Llevó la mano hasta la trenza.

– Realmente…

– Me gusta el disfraz de bibliotecaria que llevas puesto, pero necesitas bastante más maquillaje. A Bobby Tom le gustan las mujeres maquilladas.

Y los pechos, pensó ella, dejando vagar los ojos hacia la plataforma. A Bobby Tom también le gustaban las mujeres con los pechos grandes.

Ella devolvió la mirada al radiocasete, intentando buscar la manera de aclarar el malentendido entre ellos. Cuando comenzaba a formular una explicación razonable, el hombre se rascó el pecho.

– ¿Te dijo Stella que queremos algo especial, ya que está algo deprimido por su retirada? Incluso habla de dejar Chicago para irse a vivir a Texas todo el año. Los chicos y yo creemos que esto le puede divertir. A Bobby Tom le encantan las strippers.

¡Strippers! Gracie cerró los dedos con fuerza alrededor de sus perlas falsas.

– ¡Oh, Dios mío! Debería saber…

– Hubo una stripper con la que pensé que se casaría, pero no pasó su examen sobre fútbol. -Negó con la cabeza-. Todavía no me puedo creer que el mejor receptor del mundo haya colgado su casco por Hollywood. Maldita rodilla.



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