– A veces hacía comentarios muy acerbos -tuvo que reconocer Farran-. Pero los quería mucho a los dos y…

– Es por eso que la tía nos ha dejado a papá y a mí su fortuna -intervino Georgia.

– Es algo natural -declaró Farran, ya que sabía que la tía Hetty tenía mucho dinero. Pero la sorprendió algo la sequedad del comentario de Georgia.

– Estoy en graves apuros si no es así -anunció esta última-. Pero, como me mostró una copia de su testamento la última vez que fui a visitarla, creo que no tengo que preocuparme de nada.

– ¿Tienes… problemas financieros? -preguntó Farran.

– ¿Quién no los tiene? -contestó Georgia.

– Pero pensé que tu negocio iba de maravilla.

– Así es -confirmó Georgia-, pero no tan bien como para poder comprar la verdulería que está al lado, que acaba de ponerse a la venta.

– ¿Quieres abrir una verdulería? -su padre dejó de contemplar el mantel para hacerle la pregunta, y Georgia alzó la vista al techo.

– No, papá, no quiero abrir una verdulería -replicó, pero sus ojos brillaron de emoción al explicar-: Desde que llamaste al salón de belleza esta mañana, he estado haciendo todo tipo de averiguaciones. Primero llamé al Departamento de Planeación Urbana para ver si les parecía bien el cambio de negocio. Como Banford ya tiene demasiadas verdulerías, no hubo problemas por ese lado.

– Ah, estás pensando en convenir la verdulería en otro salón de belleza -advirtió su padre.

– Así es -Georgia prosiguió con las explicaciones-. Aunque tengo intenciones de ampliar el salón que ya tengo y no de abrir otro. Es por eso que hoy tuve que ir a una compañía constructora, a agentes de bienes raíces, a prestamistas y abogados.

Farran no supo qué pensar de lo que oía. Parecía que la tía Hetty apenas dio la última boqueada cuando Georgia ya sabía cómo gastar la mitad de la fortuna que le correspondía.



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