Decidida a hallar después a la señora King para agradecerle lo que hizo, Farran tomó la resolución de ir en busca del testamento y de terminar de una vez por todas con el asunto.

En silencio, se repitió que tenía más derecho que nadie, aunque esperó que si alguien la veía salir de la sala de estar y dirigirse a la escalera, pensaría que iba al baño, que estaba situado en el piso superior.

Farran nunca pensó que tendría tantos problemas para llevar a cabo el pedido de su hermanastra y se dirigió al dormitorio de la señorita Newbold y de allí al vestidor. Con rapidez extrajo la caja de galletas que estaba en el sitio de siempre, en el armario.

Estaba lista para transferir el testamento de la caja a su bolso cuando descubrió que la caja estaba vacía.

Eso no fue todo. Afectada todavía por la impresión, de pronto se dio cuenta de que no estaba sola. Alguien la había seguido.

– ¿Es esto lo que busca? -inquirió una voz masculina, educada y arrogante.

Farran supo, sin lugar a dudas, a quién pertenecía esa voz. A pesar de estar atónita, se irguió con lentitud y se dio la vuelta. Como supuso, era el extraño alto, rubio y con el pelo desteñido por el sol. Sostenía en la mano un pergamino doblado.

– Si eso es el testamento de la señorita Hetty Newbold, entonces creo que tengo más derecho a él que usted -Farran intentó hablar con frialdad y extendió la mano para tomarlo.

Él no hizo ningún intento de entregárselo.

– Creo que no es así.

– ¿Qué quiere decir? -replicó acalorada-. Tengo más derecho que…

– No tiene ningún derecho -la interrumpió, seco-. Quizá en el antiguo testamento de la señorita Newbold no habría quedado en mala situación, pero…

– ¿Cambió su testamento? -Farran estaba azorada ante la mera idea. Georgia contaba con que…



16 из 124