
Farran se percató de que, de no estar tan impresionada por el nuevo giro que tomaban los acontecimientos, ella misma habría podido deducir quién era el hombre. Como sintió que necesitaba más tiempo para pensar qué hacer, le entregó el documento y preguntó con frialdad:
– ¿Usted es Stallard Beauchamp?
– El mismo -respondió con sarcasmo-. ¿Qué familiar entristecido es usted… Georgia Presten o Farran Henderson?
Farran de nuevo recibió una fuerte sacudida. ¿Cómo sabía ese hombre su nombre?
– Soy Farran Henderson -le aclaró-. ¿Cómo es que usted sabe de mí, mientras que yo nunca he oído hablar de usted?
No pareció preocuparle el tono de voz exigente.
– Los nombres de Georgia Preston, Henry Presten y Farran Henderson aparecían en el testamento anterior de la señorita Newbold -explicó.
– Ya… veo -Farran veía poco, salvo el hecho de que ahora Georgia podía despedirse de su sueño de comprar la verdulería y de que, al parecer, la tía Hetty debió añadir una cláusula en su anterior testamento para dejarle a ella misma alguna pequeña herencia.
Sin embargo, Farran intentó no mostrar azoro al enterarse, por medio de Stallard Beauchamp, de que la señorita Newbold le dejó más que una pequeña herencia.
– La fortuna, señorita Henderson, sería dividida en partes iguales entre ustedes tres. Qué lástima que la caja de documentos personales que la señora Allsopp me entregó, también contuviera este testamento -se burló-. Este testamento -lo blandió con arrogancia frente a la chica-, hace que los demás no sean efectivos. Lo cual significa -le aclaró por si acaso la chica no pudiera percatarse de ello sola-, que ni usted ni sus parientes políticos tienen derecho a nada.
Este momento, Farran fue de la opinión de que Stallard Beauchamp debía ser el hombre más detestable sobre la tierra. Era obvio que pensaba que el único motivo de su presencia allí, era recoger el testamento de la señorita Newbold. Quiso aclararle que sólo fue a High Monkton por respeto a la anciana, pero, al abrir la boca para decírselo, se dio cuenta de que no era cierto. Claro que habría asistido al entierro, pero nunca hubiera ido a la casa y subido al cuarto de la tía Hetty, de no ser por el pedido de Georgia.
