Como ya había abierto la boca para decir algo, recordó que él sabía cuál era su relación con Georgia y su padrastro. Pero, ¿y él?

– ¿Quién es usted? -inquirió la chica y cuando él la miró como para decirle que eso no era un asunto de su incumbencia, añadió-: Ni siquiera está emparentado con la señorita Newbold -habló también con cierta arrogancia-. Eso lo sé a ciencia cierta.

– No tengo ningún lazo de sangre -sus ojos se entrecerraron-. Sin embargo, no sentí que necesitaba tener un lazo de parentesco para saludar a la señora cada vez qué pasaba.

– ¿Se hizo la norma de visitarla?

– He estado en esta casa muchas veces durante el año pasado -replicó y su voz adquirió un matiz duro-. ¿En dónde estuvieron usted y sus parientes en los últimos doce meses? -quiso saber.

Farran deseó poder decirle que Georgia y su padrastro visitaron a la tía Hetty el año pasado, mas, como no era cierto, todo lo que pudo hacer fue hablar de sí misma.

– He estado trabajando en Hong Kong. Regresé tan sólo el viernes pasado -añadió, pero la añadidura fue un error.

– ¡Vaya, no pierde tiempo para nada! -exclamó Stallard Beauchamp de modo agresivo.

– ¿A qué se refiere con eso? -replicó Farran mientras sus ojos cafés, de costumbre apacibles, chispeaban.

– ¿Qué otra cosa puedo querer decir más que, como la señorita Newbold murió el jueves, usted debió tomar el primer vuelo disponible?

– No fue sino hasta que llegué que supe que había muerto -protestó Farran con furia.

– Claro que no -rezongó, sin creerle nada de lo que decía-. Y claro, sólo fue por accidente que usted entró aquí y luego al vestidor de la señorita Newbold. ¿Qué habría sido más natural que, al darse cuenta de que cometió un error, usted procedió a hurgar en cosas que no le pertenecen para poder asir, con sus avaras manos, el documento que creyó que le daba derecho a la tercera parte de las propiedades?



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