
Russell fue el primero en hablar al terminar el segundo beso y la miró con un brillo afiebrado en los ojos.
– ¡Vaya, Farran! -exclamó-. Pensé que serías apasionada, pero tendré que renunciar a mi empleo si esto es sólo una muestra.
Gozosa por lo que consideró que era la confirmación de que en verdad la amaba y de que declaraba que tendrían una relación permanente, Farran de nuevo tomó la iniciativa. Se besaron otra vez y la respuesta de la joven fue más entusiasta que nunca.
Mas, de pronto, los recuerdos de su triste niñez le provocaron remordimientos de conciencia y se apartó un poco.
– Tenemos… que hablar -murmuró.
– Si eso es lo que deseas -comentó Russell con rapidez-, y veo que así es, podríamos pasar el fin de semana juntos.
Al principio, no estuvo segura de qué sintió al respecto.
– ¿En dónde? -sus grandes ojos cafés lo miraron con curiosidad.
– ¿En dónde más que en mi apartamento? -contestó con una sonrisa.
– ¡Russell! -estuvo segura de que su matrimonio había terminado y de que su espesa ya estaría en Inglaterra.
– ¿Lo harás?
– ¿Pasar el fin de semana contigo en tu apartamento? -inquirió la chica.
– Me parece un lugar tan agradable como cualquier otro -añadió con una sonrisa-. Podremos… pues… hablar todo lo que quieras entonces.
– El bienestar de los niños tiene que ser prioritario -señaló Farran con seriedad; todavía no sabía si la esposa se los había llevado consigo a Inglaterra o si los había dejado con su esposo, como lo hizo la propia madre de Farran.
Sólo al ver la mirada de sorpresa de Russell se le ocurrió que, quizá, él no pensó que sería tan comprensiva con la responsabilidad para con los niños. De todas formas, la sorprendió un poco al replicar:
– No entiendo qué tiene que ver su bienestar contigo y conmigo, dulzura.
Farran sólo logró deducir que su esposa debió llevarse consigo a los niños a Inglaterra y que Russell debía estar molesto al respecto. Pero, como sus hijos la preocupaban mucho, insistió.
