Revivió la confusión de la separación y el divorcio de sus propios padres. La vida fue más ordenada cuando su madre se casó de nuevo con Henry Presten. ¡El querido y distante tío Henry! Él también estuvo casado antes y tenía una niña cinco años mayor que Farran. Pero el segundo matrimonio no funcionó mejor que el primero. De hecho fue peor, puesto que la madre de Farran abandonó a Henry con su propia hija, de trece años, y Farran se sintió aún más confusa.

Así que se hizo a la idea de que si la situación iba a ser manejada de modo adecuado, los hijos de Russell no tenían por qué conocer la misma confusión que Farran sufrió.

Regresó a su escritorio y le sonrió a Russell con calidez. Ahora que había aclarado sus ideas, ansiaba decirle cuánto lo amaba y oír las mismas palabras de boca de él. Aunque era lo suficientemente moderna para aceptar el papel de ser la segunda señora Ottley, también era lo bastante anticuada para decir que él debía acercársele primero.

Sin embargo, transcurrieron dos agónicos días antes de que Farran se diera cuenta de que Russell se le iba a declarar.

Fue un jueves por la mañana. Farran levantó la vista y se percató de que Russell no atendía los documentos que tenía enfrente, sino que la observaba con fijeza.

– ¿Hay algo… que te molesta? -sonrió a modo de invitación.

– Podría decirte que sí -alentado por su sonrisa, se acercó al escritorio de la chica.

Al percibir la respuesta en los ojos de Farran, Russell la abrazó con fuerza y devoró con ansia su boca con la suya. El tiempo pareció detenerse.

– ¡Russell! -suspiró Farran al recobrar el aliento.

– Ahora sabes qué es lo que me molesta -susurró él de modo seductor, lo cual emocionó a la chica.

– Sí -replicó ésta. Estaba tan regocijada por su insinuación de que la amaba que poco faltó para que se echara sobre él.



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