
– ¡Qué sorpresa! -sonrió ésta al divisar a la chica. Y, al ayudarla con las maletas, exclamó-: El señor Preston nunca dijo que llegarías hoy -sonrió mostrando sus dientes postizos-. Pero está tan concentrado en su última idea, que estoy segura de que no sabe si está en la Tierra o en la Luna.
– No le avisé al tío Henry que vendría -explicó Farran al estrecharle la mano, y se alegró de que nada, ni siquiera el sentido de humor de la señora Fenner, hubiera cambiado-. ¿Está en el taller?
– ¿En dónde más? -replicó la señora Fenner y añadió, mientras la chica ya se dirigía en esa dirección-: Prepararé un poco de café.
Farran entró en el taller de su padrastro y, como éste no la oyó, permaneció un rato observándolo. Tenía cincuenta y nueve años y, a pesar de que nunca tuvo un salario fijo, siempre estaba ocupado en algo. Hubo un tiempo en que los Preston fueron ricos, pero ya no era el caso. AI mirar al amable hombre, absorto en algún problema, la inundó una oleada de calidez. De pronto, ya no le pareció tan traumático el hecho de que su madre la dejara en ese hogar. Georgia, la hija de Henry Preston, tenía dieciocho años en este entonces y Farran siempre se entendió bien con ella, a pesar de ser muy diferentes.
Farran pensó en ese momento que quizá su madre charló acerca del asunto con Henry antes de marcharse y que tal vez juntos estuvieron de acuerdo en que era mejor para la niña quedarse allí, en vez de sufrir un cambio de escuela y de todo lo demás.
Nunca Henry ni Georgia la hicieron sentir mal en su casa, y nunca le señalaron a Farran que le dieron un hogar cuando su madre se marchó. Invadida por un agradecimiento profundo, su voz se tornó algo ronca al decir:
