– ¡Tío Henry!

– ¿De dónde saliste? -inquirió Henry Preston al darse la vuelta, atónito-. Todavía no se cumplen los doce meses desde que te fuiste, ¿verdad? -sonrió y se acercó para abrazarla y darle un beso.

Farran se sorprendió de que recordara que su contrato duraría un año y negó con la cabeza.

– No, todavía no -quedó intrigada por la siguiente pregunta que escuchó.

– ¿Acaso también te llamaron?

En honor de verla en casa sin esperarla, Henry Preston se quitó el overol y fue a tomar un café con su hijastra a la sala de estar.

Farran entendió a qué se refirió la pregunta de su padrastro. La aclaración provocó que dejara de estar ensimismada en sus propios problemas para entristecerse por otra cosa. Al parecer, una señora King llamó a su padrastro una hora antes para informarle que su única parienta de sangre, además de su hija, murió el día anterior.

– ¿Murió la tía Hetty? -Farran habló con tristeza, pues conoció a la anciana diez años atrás. El título de "tía" formaba parte de la misma cortesía con la que llamaba "tío" a Henry Preston.

– Me temo que sí. La señora King me llamó para avisarme que el funeral se efectuará el próximo martes -hablaron con respecto de la señorita Hetty Newbold, la anciana de ochenta y un años en cuya casa Georgia y Farran se quedaron a pasar la noche varias veces. Henry cambió de tema-. Georgia ya había salido para ir al trabajo cuando la señora King llamó, así que yo la llamé por teléfono. Me dijo que como parece que esta señora King era una de las amigas íntimas de la tía Hetty, y que como parece haberse hecho cargo de todos los preparativos, no tiene mucho caso que vayamos a Dorset antes del próximo martes. Parece que tiene muchísimo trabajo en el salón.

– Qué bueno que su negocio marche sobre ruedas -añadió Farran. Dejó de pensar en la tía Hetty para enorgullecerse del éxito de su hermanastra, obtenido gracias a su talento y trabajo, desde que puso el primer salón de belleza elegante en Banford hacía tres años.



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