
Pensó en la ambición de Georgia de ser dueña de una cadena de salones y la fatiga la invadió cuando su padrastro le preguntó:
– ¿Irás a la ciudad a ver a Georgia?
Farran logró sonreír. El tío Henry debía tener un invento de la mayor importancia en el taller puesto que, después de veinte minutos de estar alejado de eso, ya empezaba a tener síntomas de nostalgia.
– De hecho, pensaba irme a la cama.
– Que desconsiderado de mi parte -de inmediato se disculpó-. Claro, para llegar a esta hora del día, debiste volar de noche. Bueno, le diré a la señora Fenner que te prepare la cama… -se interrumpió cuando la señora Fenner vino a ver si ya habían terminado de tomar el café.
– El cuarto de Farran estuvo listo para usarlo desde el día en que se fue -rezongó la leal ama de llaves-, y acabo de hacerle la cama. Creo que le haría bien dormir unas horas -comentó al ver a la chica.
Sin embargo, tan pronto como estuvo a solas, a Farran le costó algo de trabajo conciliar el sueño. Dejó de pensar en la señora Fenner, en el tío Henry, en Georgia y en la tía Hetty. ¿Cómo pudo ser tan tonta? Tenía veinticuatro años, por el amor de Dios. ¿Cómo pudo ser tan… ingenua?
Se tapó con las colchas y se enfrentó al hecho de que, mientras ella estuvo sumida en ilusiones amorosas, el amor nunca formó parte de las ideas de Russell. Nunca la amó, eso estaba muy claro. Todo lo que quiso fue una aventura adúltera… ¡en el hogar que compartía con su esposa e hijos, además!
Farran se enfrentó a la verdad y a su propio error. Supo, ¿verdad?, que estaba casado. Si quería pretextos para su conducta podía pensar que creyó que su matrimonio no tenía solución y que, una vez que dejó de luchar contra su amor, empezó a imaginar un futuro al lado de Russell.
Al fin, logró dormir y bien, puesto que hacía mucho que no descansaba. Un ruido la despertó. Al principio, tuvo que recordar en dónde se hallaba y luego vio a su hermanastra.
