—En absoluto.

Bueno, bueno, bueno, de todas las idioteces que había hecho como almirante Naismith, ¿había establecido jamás una política explícita de no buscar intimidad física con nadie de su propia organización? Le pareció una buena idea en su momento. Tung la había aprobado. Tung era un abuelo, por el amor de Dios, probablemente las gónadas se le habían secado hacía años. Miles recordó cómo había esquivado el primer paso que Elli dio en su dirección. «Un buen oficial no va de compras al economato de la compañía», había explicado con amabilidad. ¿Por qué no le había dado ella un puñetazo en la boca por ser tan fatuo? Había soportado el insulto inintencionado sin comentarios, y nunca lo volvió a intentar. ¿Comprendió que Miles se refería a sí mismo, no a ella?

Cuando estaba con la flota durante periodos prolongados, solía enviarla en misiones especiales, de las cuales invariablemente regresaba con soberbios resultados. Ella había encabezado la avanzadilla a la Tierra, y había preparado a Kaymer y la mayoría de los otros suministradores para cuando la Flota Dendarii llegó a la órbita. Una buena oficial; después de Tung, probablemente la mejor. ¿Qué no daría él por zambullirse en ese esbelto cuerpo y perderse ahora? Demasiado tarde, había dejado pasar la ocasión.

Su boca de terciopelo se arrugó, burlona. Se encogió de hombros; como una hermana, quizás.

—No te daré más la lata. Pero al menos piénsatelo. Creo que nunca he visto a un ser humano que necesite relajarse más que tú ahora.

Oh, Dios, vaya frase… ¿qué significaban exactamente esas palabras? Su pecho se tensó. ¿El comentario de un camarada, o una invitación? Si era un mero comentario, y él lo confundía con lo segundo, ¿pensaría que contaba con sus favores sexuales? En caso contrario, ¿se sentiría insultada de nuevo y no le dirigiría la palabra en los años venideros? Miles sonrió, lleno de pánico.



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