
Elli se inclinó sobre el respaldo de la silla de su comuconsola, con un suspiro que apenas sacudió el pelo oscuro y los oscuros pensamientos de Miles.
—¿Puedo sugerir que no es el único oficial veterano a quien le vendría bien un poco de tiempo libre? Incluso tú necesitas aliviar el estrés de vez en cuando. Y también te hirieron.
—¿Me hirieron? —la tensión le atenazó la mandíbula—. Oh, los huesos. Los huesos rotos no cuentan. He tenido los huesos quebradizos toda la vida. Sólo he de resistir la tentación de jugar a oficial de campo. El lugar adecuado para mi culo es una bonita silla acolchada en una sala de tácticas, no en primera línea. Si hubiera sabido con antelación que Dagoola iba a ser tan… físico, habría enviado a otro como prisionero de guerra falso. De todas formas, ahí lo tienes. He tenido mi permiso en la enfermería.
—Y luego te pasaste un mes deambulando como un criocadáver calentado en un microondas. Cuando entraste en la sala fue como si la visitara un muerto viviente.
—Dirigí el asunto de Dagoola por pura histeria. No puedes estar despierto tanto tiempo y no pagarlo después con un poco de cansancio. Al menos, yo no puedo.
—Mi impresión fue que había algo más.
Él se giró en la silla para dirigirle una mueca.
—¿Quieres dejarlo? Sí, perdimos a unos cuantos buenos hombres. No me gusta perder a la buena gente. Lloro lágrimas de verdad… ¡en privado, si no te importa!
Ella retrocedió, el gesto cambiado. Miles suavizó el tono de voz, profundamente avergonzado por su estallido.
—Lo siento, Elli. Sé que he estado muy irascible. La muerte de ese pobre prisionero que cayó de la lanzadera me afectó más de lo que… más de lo que tendría que haber permitido. Parece que no puedo…
—Me he pasado de la raya, señor.
El «señor» fue como una aguja que atravesara un muñeco vudú de sí mismo. Miles dio un respingo.
