
Elli dio otra nerviosa ronda, observando a la multitud. Parecía improbable que los comandos de asalto cetagandanos escogieran ese lugar para aparecer, pero de todas formas Miles se alegraba de que ella estuviera alerta, pues le permitía sentirse cansado. «Puedes venir a buscar asesinos debajo de mi cama cuando quieras, encanto…»
—En cierto modo, me alegro de que acabáramos aquí —le comentó a la mujer—. Podría ser una oportunidad excelente para que el almirante Naismith desaparezca del mapa durante una temporada. Para calmar los ánimos de los dendarii. Los cetagandanos se parecen mucho a los de Barrayar, de veras, tienen una visión muy personal del mando.
—Pareces muy confiado.
—Puro condicionamiento. Que unos auténticos desconocidos intenten matarme me hace sentirme como en casa —una idea le llenó de macabra alegría—. ¿Sabes que es la primera vez que alguien trata de matarme por mí mismo, y no por mis parientes? ¿He llegado a contarte lo que hizo mi abuelo cuando me…?
Ella cortó su cháchara con una indicación de barbilla.
—Creo que esto es…
Él siguió su mirada. Sí que estaba cansado. Elli había localizado a su contacto antes que él. El hombre que se les acercaba con una expresión dubitativa en los ojos llevaba ropa terrestre, pero el pelo trenzado al estilo militar barrayarés. Un suboficial, tal vez. Los oficiales preferían un estilo patricio algo menos severo. «Necesito un corte de pelo», pensó Miles, sintiendo de pronto pegajoso el cuello.
—¿Milord? —dijo el hombre.
—¿Sargento Barth?
El hombre asintió, miró a Elli.
—¿Quién es ésta?
—Mi guardaespaldas.
—Ah.
Un levísimo fruncimiento de labios. Abrió un tanto los ojos para demostrar a la vez diversión y desdén. Miles notó los músculos de su cuello retorcerse.
