
—Es excelente en su trabajo.
—Estoy seguro, señor. Venga por aquí, por favor.
Se dio la vuelta y abrió la marcha.
Se estaba riendo de él, con mirarle la nuca podía sentirlo. Elli, consciente sólo de la repentina tensión que flotaba en el aire, le dirigió una mirada de preocupación. «No pasa nada», pensó él, colgando la mano de su brazo.
Caminaron tras su guía: atravesaron una tienda, bajaron por un tubo elevador y luego por unas escaleras; después avivaron el paso. El nivel de servicios subterráneo era un laberinto de túneles, conductos y fibra óptica. Miles dedujo que habían recorrido un par de manzanas. Su guía abrió una puerta con una llave de palma. Otro breve túnel conducía a otra puerta. Ante ésta había un guardia humano, extremadamente elegante con su uniforme verde del Imperio barrayarés. Se apartó de su comuconsola, desde donde atendía las pantallas, y apenas pudo evitar saludar al guía vestido de civil.
—Dejaremos nuestras armas aquí —le dijo Miles a Elli—. Todas ellas. Y quiero decir todas.
Elli alzó las cejas por el súbito cambio de acento de Miles, que pasó del sencillo betano del almirante Naismith a los cálidos tonos guturales de su nativo barrayarés. Rara vez lo oía hablar así, por cierto. ¿Qué voz le parecería falsa? Sin embargo, no había duda de cuál le parecería fingida al personal de la embajada, y Miles se aclaró la garganta para asegurarse de que ajustaba completamente su voz al nuevo orden de cosas.
Las contribuciones que Miles hizo al montoncito situado sobre la comuconsola del guardia fueron un aturdidor de bolsillo y un largo cuchillo de acero con vaina de piel de serpiente. El guardia pasó el cuchillo por el escáner, quitó el remate de plata de su empuñadura enjoyada y descubrió un sello; luego se lo devolvió cuidadosamente a Miles. Su guía alzó las cejas al ver el miniaturizado arsenal técnico que descargó Elli. «Chúpate ésa —pensó Miles—. Métete las reglas por la nariz.» A partir de entonces se sintió bastante más sereno.
