Era un hombre delgado de altura ligeramente superior a la media. Extendió la mano para palpar el costado de la lanzadera a lo largo de la hendidura en cuestión; se detuvo, alzó la barbilla, miró en derredor y murmuró unas cuantas notas a su grabadora. Miles reprimió las ganas de dar saltos arriba y abajo como una rana y trató de ver qué estaba mirando. Sin resultado. Como sólo le llegaba al ingeniero a la altura del pecho, Miles habría necesitado una escalerilla de un metro para alcanzar de puntillas la rampa. Estaba demasiado cansado para hacer gimnasia y tampoco estaba dispuesto a pedirle a Elli Quinn que lo aupara. Alzó la barbilla en el antiguo e involuntario tic nervioso y esperó en la posición de descanso militar apropiada a su uniforme, las manos unidas a la espalda.

El ingeniero saltó al suelo con un sonoro golpe.

—Sí, almirante, creo que Kaymer puede encargarse bastante bien del asunto. ¿Cuántas de estas lanzaderas ha dicho que tienen?

—Doce.

Catorce menos dos eran igual a doce. Excepto según los cálculos de la Flota de Mercenarios Libres Dendarii; catorce menos dos lanzaderas eran igual a doscientos siete muertos. «Basta ya —Miles detuvo su calculadora mental—. Ya no sirve de nada.»

—Doce —el ingeniero tomó nota—. ¿Qué más? —contempló la ajada lanzadera.

—Mi propio departamento de ingeniería se encargará de las reparaciones menores, ahora que parece que tendremos que quedarnos varados en un sitio durante algún tiempo. Quería encargarme personalmente del problema de esta rampa, pero mi segundo al mando, el comodoro Jesek, es jefe ingeniero de mi flota y quiere hablar con sus técnicos de salto para recalibrar algunas de nuestras varillas Necklin. Traemos un piloto de salto con la cabeza herida, pero tengo entendido que la microcirugía de implantes no es una de las especialidades de Kaymer. ¿Tampoco los sistemas de armamento?



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