
—No, en efecto —respondió apresuradamente el ingeniero. Acarició una quemadura de la superficie de la lanzadera, quizá fascinado por la violencia que anunciaba en silencio, porque añadió—: Kaymer Orbital se ocupa principalmente de naves mercantes. Una flota mercenaria es algo poco común en esta parte del nexo de agujero de gusano. ¿Por qué han venido hasta aquí?
—Fueron el postor más bajo.
—Oh… no me refería a la Corporación Kaymer, sino a la Tierra. Me preguntaba por qué han venido a la Tierra. Estamos bastante lejos de las principales rutas comerciales, excepto para los historiadores y los turistas. Er… pacíficos.
«Se pregunta si tenemos un contrato aquí —advirtió Miles—. Aquí, en un planeta de nueve mil millones de almas cuyas fuerzas militares combinadas convertían en calderilla a los cinco mil dendarii… bueno. ¿Supone que vengo a crear problemas en la vieja madre Tierra? O que quebrantaría la seguridad y se lo diría aunque así fuera…»
—Pacíficos, precisamente —dijo Miles con suavidad—. Los dendarii necesitan descanso y aclimatación. Un planeta pacífico fuera de los principales canales del nexo es justo lo que ordenó el doctor —se estremeció, pensando en la factura médica pendiente.
No había sido Dagoola. La operación de rescate había resultado un triunfo táctico, casi un milagro militar. Su propio Estado Mayor se lo había asegurado una y otra vez, así que tal vez debiera empezar a creer que era cierto.
La aventura de Dagoola IV había constituido la tercera mayor fuga de prisioneros de guerra de la historia, según el comodoro Tung. Y puesto que la historia militar era la afición obsesiva de Tung, tenía que saberlo. Los dendarii habían liberado a diez mil soldados capturados, todo un campamento de prisioneros, justo ante las narices del Imperio cetagandano, y los habían convertido en el grueso de un nuevo ejército guerrillero en un planeta que los cetagandanos consideraban una conquista fácil. Los costes habían sido pequeños, comparados con los espectaculares resultados… excepto para los individuos que habían pagado el triunfo con sus vidas, para quienes el precio era algo infinito dividido por cero.
