
—¿Sí, señor? —respondió una voz.
—¿Tiene preparado ya ese comunicador?
—Acabo de terminar de codificarlo, señor.
—Bien, tráigalo a mi despacho.
Barth, todavía de civil, apareció en cuestión de segundos. Galeni acompañó a Elli a la salida.
—El sargento Barth la escoltará fuera de la embajada, comandante Quinn.
Ella miró por encima del hombro a Miles, que le esbozó un saludo tranquilizador.
—¿Qué les digo a los dendarii? —preguntó.
—Diles… diles que sus fondos vienen de camino —respondió Miles. Las puertas se cerraron con un susurro, eclipsándola.
Galeni regresó a la comuconsola, que parpadeaba para llamar su atención.
—Vorpatril, por favor, encárguese de que su primo se libre de ese… disfraz, y de que llevar un uniforme adecuado sea la principal prioridad.
«¿Le asusta el almirante Naismith… sólo un poco, señor?», se preguntó Miles, irritado.
—El uniforme dendarii es tan auténtico como el suyo propio, señor.
Galeni se lo quedó mirando desde el otro lado de su mesa destellante.
—No puedo saberlo, teniente. Mi padre sólo pudo comprarme soldaditos de juguete cuando yo era niño. Pueden retirarse.
Miles, ardiendo, esperó a que las puertas se hubieran cerrado tras ellos antes de quitarse la chaqueta gris y blanca y arrojarla al suelo del pasillo.
—¡Disfraz! ¡Soldaditos de juguete! ¡Creo que voy a matar a ese komarrés hijo de puta!
—Oh —dijo Ivan—. Sí que estamos quisquillosos hoy.
—¡Has oído lo que ha dicho!
—Sí, claro… Galeni tiene razón. Un poco de regulación nunca viene mal. Hay una docena de pequeños puestos de mercenarios dispersos por todos los rincones del nexo de agujero de gusano. Algunos de ellos hacen equilibrios entre lo legal y lo ilegal. ¿Cómo puede saber que tus dendarii no están a un paso de convertirse en secuestradores?
