Ivan, que le había estado lanzando miraditas desde que entrara en la habitación, le prestó toda su atención con la temblorosa tensión de un perro perdiguero. Sonrió encantador y se inclinó sobre la mano de Elli.

—Encantado de conocerla, milady. Los dendarii deben de estar mejorando, si es usted una muestra de ellos. La más hermosa, sin duda.

Elli recuperó su mano.

—Nos conocemos.

—Seguro que no. No podría olvidar ese rostro.

—No tenía esta cara. «Una cabeza como una cebolla», fue la forma en que lo definió usted, que yo recuerde —sus ojos chispearon—. Como estaba ciega en ese momento, no tenía ni idea de qué aspecto tenía la prótesis de plastipiel. Hasta que usted me lo dijo. Miles nunca lo mencionó.

La sonrisa de Ivan se había vuelto fláccida.

—Ah. La dama con las quemaduras de plasma.

Miles sonrió y se acercó un poquito a Elli, que colocó posesivamente la mano sobre el brazo que le ofrecía y le dirigió a Ivan una fría sonrisa de samurai. Ivan, tratando de morir con dignidad, miró al capitán Galeni.

—Ya que se conocen mutuamente, teniente Vorkosigan, he asignado al teniente Vorpatril para que le oriente sobre la embajada y sobre sus deberes aquí —dijo Galeni—. Vor o no Vor, mientras esté en la nómina del Emperador, bien podría serle de alguna utilidad. Confío en que llegue pronto la clarificación de su estatus.

—Confío en que la nómina de los dendarii llegue igualmente pronto —dijo Miles.

—Su mercenaria… guardaespaldas, puede regresar a su puesto. Si por algún motivo necesita abandonar el complejo de la embajada, le asignaré a uno de mis hombres.

—Sí, señor —suspiró Miles—. Pero sigo necesitando contactar con los dendarii, por si se produce una emergencia.

—Me encargaré de que la comandante Quinn reciba un enlace comunicador seguro cuando se marche. De hecho —tocó su comuconsola—, ¿sargento Barth?



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