
Robert Sawyer
Hibridos
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Compatriotas estadounidenses, y todos los demás seres humanos de esta versión de la Tierra, es para mí un gran placer dirigirme a ustedes esta noche, en mi primer discurso como presidente. Deseo hablar sobre el futuro de nuestra especie de homínido, de la especie conocida como Homo sapiens: gente de sabiduría…
—Mare —dijo Ponter Boddit—, es un honor presentarte a Lonwis Trob.
Mary estaba acostumbrada a imaginar a los neanderthales como hombres robustos, «Schwarzeneggers bajitos», ésa era la expresión que el Toronto Star había acuñado refiriéndose a su corta estatura y su constitución musculosa. Así que fue para ella una sorpresa contemplar a Lonwis Trob, sobre todo en contraste con Ponter Boddit.
Ponter era miembro de lo que los neanderthales llamaban «generación 145», lo cual significaba que tenía treinta y ocho años. Con su metro setenta, destacaba entre los varones. de su especie y tenía unos músculos que habrían sido la envidia de un culturista.
Pero Lonwis Trob era uno de los pocos supervivientes de la generación 138. A la asombrosa edad de ciento ocho años, era flacucho, aunque todavía ancho de hombros. Todos los neanderthales tenían la piel clara (eran un pueblo adaptado al norte), pero la de Lonwis era virtualmente transparente y apenas tenía vello corporal. Y aunque su cabeza poseía las características neanderthales de rigor (la frente baja, el doble arco ciliar, la nariz enorme, la mandíbula cuadrada y sin barbilla), era completamente calvo. Ponter tenía una espesa mata de cabello rubio (que llevaba con raya en medio, como la mayoría de los neanderthales) y una barba rubia poblada.
Sin embargo, los ojos eran la característica más sorprendente de los dos neanderthales que ahora miraban a Mary Vaughan. Los iris de Ponter eran dorados: Mary había descubierto que nunca se cansaba de miradas. Los de Lonwis eran segmentados, mecánicos: sus globos oculares eran esferas pulidas de metal azul, de cuyas lentes centrales surgía un brillo verdiazul.
