
—Día sano, sabio Trob —dijo Mary. No le dio la mano: no era una costumbre neanderthal—. Es un honor conocerlo.
—Desde luego —contestó Lonwis. Naturalmente, hablaba en el idioma neanderthal (sólo había uno, así que no tenía nombre), pero su implante Acompañante traducía cuanto decía, emitiendo palabras sintetizadas en inglés a través de su altavoz externo.
¡Y menudo Acompañante! Mary sabía que Lonwis Trob había inventado esta tecnología cuando era joven, en el año que la Tierra de Mary conocía como 1923. En honor a todo lo que los Acompañantes habían hecho por los neanderthales, Lonwis había recibido uno con placa de oro sólido. Lo llevaba instalado en la cara interna del antebrazo izquierdo; había pocos neanderthales zurdos. En comparación, el Acompañante de Ponter, Hak, con placa de acero, resultaba decididamente pobre.
—Mare es genetista —dijo Ponter—. Ella es quien demostró durante mi primera visita a su versión de la Tierra que yo era genéticamente lo que ellos llaman neanderthal. —Tomó la manita de Mary en la suya, enorme y de dedos cortos—. Más que eso, es la mujer que amo. Tenemos pensado unimos dentro de poco.
Los ojos mecánicos de Lonwis se posaron sobre Mary, con expresión indescifrable. Mary se volvió a mirar por la ventana del despacho, situado en la primera planta de la vieja mansión que albergaba la sede del Grupo Sinergía, en Rochester, Nueva York. La masa gris del lago Ontario se extendía hasta el horizonte.
—Bien —dijo Lonwis, o al menos así fue como su Acompañante tradujo la aguda sílaba que murmuró. Pero luego su tono se animó y su mirada se centró en Ponter—. ¡Y yo que creía que estaba haciendo mucho por el contacto intercultural!
Lonwis era uno de los diez neanderthales destacados (grandes científicos, artistas dotados) que habían atravesado el portal desde su mundo a éste, para impedir que el Gobierno neanderthal cortara la conexión entre las dos realidades.
