
Al llegar a Western y enfilar hacia el norte, Bosch divisó las sirenas azules y amarillas de los coches patrulla y la luz estroboscópica de los focos de televisión. En Hollywood aquel espectáculo solía señalar el final violento de una vida o el estreno de una película. Bosch sabía que en aquel barrio ya sólo se estrenaban prostitutas de trece años.
Después de aparcar a media manzana del Hideaway, Harry encendió un cigarrillo. Algunas cosas de Hollywood nunca cambiaban; sólo pasaban a llamarse de otra manera. Aquel sitio había sido un hotelucho de mala muerte treinta años antes, bajo el nombre de El Río. Y seguía siendo un hotelucho de mala muerte. Bosch nunca había estado allí, pero había crecido en Hollywood y se acordaba. Se había alojado en muchos lugares parecidos con su madre. Antes de que muriera. El Hideaway tenía un patio central construido en los años cuarenta y durante el día gozaba de la sombra de una gran higuera de Bengala que crecía en el centro. Por la noche las catorce habitaciones del motel quedaban sumidas en una oscuridad que sólo rompía el neón rojo de la entrada. Harry se fijó en que las letras BA del rótulo que anunciaba HABITACIONES BARATAS estaban apagadas.
Cuando Bosch era niño y el Hideaway se llamaba El Río, la zona ya iba de capa caída. Pero no había tantas luces de neón y al menos los edificios, aunque no la gente, ofrecían un aspecto menos ruinoso. Al lado del motel, por ejemplo, había habido un bloque de oficinas de la compañía Streamline Moderne con aspecto de transatlántico. Obviamente el edificio había levado anclas hacía mucho tiempo y el solar había sido ocupado por unas pequeñas galerías comerciales.
Mirando el Hideaway desde el coche, Harry supo que era un sitio deprimente para pasar la noche. Y aún más triste para morir.
