Bosch salió del vehículo y caminó hacia el motel. La entrada al patio estaba acordonada por agentes de uniforme y la cinta amarilla que se usa para demarcar la escena de un crimen. Junto a ella, los potentes focos de las cámaras de televisión iluminaban a un grupo de hombres trajeados. El que hablaba más tenía la cabeza afeitada y reluciente. Cuando Harry se aproximó se dio cuenta de que las luces los cegaban y les impedían ver más allá de los entrevistadores. Bosch aprovechó la circunstancia para mostrar su placa rápidamente a uno de los policías de uniforme, firmar en la lista de asistencia y colarse por debajo de la cinta amarilla.

La puerta de la habitación siete estaba abierta y un cono de luz iluminaba la moqueta del pasillo. De ella salía también el sonido de un arpa electrónica, lo cual quería decir que Art Donovan estaba trabajando en el caso. El experto en huellas siempre llevaba consigo un transistor para escuchar The Wave, la emisora de música new-age. Según decía, la música traía paz a un lugar donde se había cometido un asesinato.

Bosch franqueó la puerta, tapándose la nariz y la boca con un pañuelo. Todo fue inútil; el olor inconfundible de la muerte le asaltó en cuanto traspasó el umbral. En ese mismo instante, vio a Donovan de rodillas, empolvando los mandos del aparato de aire acondicionado situado en la pared bajo la única ventana de la habitación.

– Hola -le saludó Donovan. Llevaba una máscara de pintor para protegerse del olor y del polvo negro que empleaba para detectar las huellas dactilares-. Está en el cuarto de baño.

Bosch dio un vistazo rápido a su alrededor, consciente de que los de la central lo echarían en cuanto descubrieran su presencia. En la habitación había una cama de matrimonio con una colcha rosa desteñida y una sola silla con un diario: el Times de hacía seis días. Junto a la cama había un mueble tocador en el que descansaba un cenicero con la colilla de un cigarrillo a medio fumar y a su lado una Special de treinta y ocho milímetros en una pistolera de nailon, así como una cartera y un estuche para la placa, todos ellos cubiertos del polvo negro de Donovan. Sin embargo, Harry no vio lo que esperaba encontrar en el tocador: una nota de suicidio.



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