Desde su balcón, vio margaritas y flores silvestres, pero no logró divisar el coyote que desde hacía semanas merodeaba por el barranco al que se asomaba su edificio. De vez en cuando, Bosch le había lanzado trozos de pollo, pero el animal nunca aceptaba la comida mientras él estuviera presente. Solamente aparecía para llevarse su cena cuando el detective se retiraba, por lo que Harry lo había bautizado con el nombre de Tímido. Algunas noches, Bosch oía sus aullidos desgarrados por todo el valle.

Al volver la vista al incendio, Bosch fue testigo de una explosión, cuyo resultado fue una bola de denso humo negro que se elevó sobre el yunque gris. Por la radio, las voces se tornaron histéricas hasta que finalmente el jefe de la brigada explicó que había estallado el tanque de propano de una barbacoa.

Harry siguió contemplando cómo el humo negro se disolvía en la nube grisácea, al tiempo que pasaba a la frecuencia del Departamento de Policía de Los Ángeles. Ese día estaba de servicio: turno de Navidad. Bosch escuchó durante medio minuto, pero no oyó nada aparte de los habituales partes de tráfico. Parecían unas Navidades tranquilas en Hollywood.

Tras consultar su reloj, Bosch se llevó la radio de la policía dentro de casa. Luego sacó una bandeja del horno y se sirvió en un plato su cena de Navidad: una pechuga de pollo acompañada de una abundante ración de arroz hervido con guisantes. En la mesa del comedor le esperaban una copa de vino y tres tarjetas navideñas que aún no había abierto a pesar de que habían llegado la semana anterior. En el tocadiscos sonaba Song of the underground railroad, en la versión de John Coltrane.

Mientras comía y bebía, Bosch leyó las tarjetas y pensó en la gente que se las había enviado. Aquél era un ritual propio de una persona solitaria, pero no le importaba. No eran las primeras Navidades que pasaba sin compañía.



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