
La primera felicitación era de un antiguo compañero de trabajo que se había retirado a Ensenada gracias al dinero que cobró por un libro y una película. En sus cartas siempre decía lo mismo: «Harry, ¿cuándo vendrás a verme?» La otra también venía de México, concretamente del guía con quien Bosch había pasado seis semanas viviendo, pescando y practicando español el verano anterior. Harry había ido a recuperarse de un balazo en el hombro a Bahía San Felipe, donde el sol y el mar habían hecho milagros. En su mensaje navideño -escrito en español-, Jorge Barrera también lo invitaba a que le hiciera una visita.
Bosch abrió la última tarjeta lenta y cuidadosamente. Al igual que las anteriores, sabía perfectamente quién se la enviaba; en este caso el sobre llevaba el matasellos de Tehachapi, lo cual no dejaba lugar a dudas. Al sacar la felicitación, Bosch vio un dibujo algo borroso de un belén, impreso manualmente en papel reciclado de la misma prisión. Su remitente era una mujer con quién el detective había pasado una sola noche pero en quién pensaba casi todas las noches. Ella también le pedía que la viniera a ver, aunque los dos eran conscientes de que él no lo haría.
Al son de Spiritual de Coltrane -grabada en directo en el Village Vanguard de Nueva York, cuando Harry era todavía un niño-, Bosch tomó un sorbito de vino y comenzó a fumarse un cigarrillo. Y justo en ese momento oyó algo raro por la radio de la policía, que seguía encendida en una mesa junto al televisor. Hacía tanto tiempo que aquélla se había convertido en su música de fondo que era capaz de olvidar las voces, concentrarse en el sonido del saxofón, y al mismo tiempo captar palabras y códigos poco frecuentes. En esa ocasión la voz dijo:
– Uno ka doce, Número dos necesita vuestra veinte.
Bosch se levantó y se dirigió al aparato, como si con mirarlo pudiera comprender el significado del mensaje. Esperó diez segundos a que alguien respondiera a la petición de ayuda. Veinte segundos.
