¿Deseo? Sí. ¿Lujuria? Muchas, ciertamente. ¿Pero verdadero amor? Nunca.

Y conforme se acercaba a la treintena, su sentido común había tomado el control, y decidió que, si no podía casarse por amor, entonces estaría bien que lo hiciera por la tierra.

Y aquí entraba Lydia Thornton.

Veintidós años de edad, bonito cabello rubio, atractivos ojos grises, razonablemente inteligente y con buena salud. Su dote consistía en veinte acres de excelente tierra que lindaban, a la derecha, con el extremo oriental de Middlewood, una de las propiedades más pequeñas de la familia Blydon.

Veinte acres no eran mucho para un hombre cuya familia tenía propiedades a lo largo de todo el sur de Inglaterra. Pero Middlewood era la única propiedad que Ned podía llamar verdaderamente suya. El resto de las propiedades pertenecían a su padre, el Conde de Worth, y solamente cuando él falleciera pasarían a pertenecer a su hijo.

Y aunque Ned entendía que el título de conde era su privilegio y su derecho de nacimiento, no tenía ninguna prisa en asumir las obligaciones y responsabilidades que el mismo conllevaba. Él era uno de los pocos hombres, en su círculo de conocidos, que se llevaba bien con sus padres y le gustaban, y lo último que quería era que no estuvieran.

Su padre, en su infinita sabiduría, había entendido que un hombre como Ned, necesitaba algo propio; así que en el vigésimo cumpleaños de Ned, le había transferido la propiedad de Middlewood, una de fincas vinculadas al título de conde.

Quizás era la elegante mansión, quizás era el magnifico lago. Quizás era, sólo porque era suya, pero Ned amaba Middlewood; cada centímetro cuadrado de ella.

Y cuando se le había ocurrido que la hija mayor de su vecino, había crecido lo suficiente para contraer matrimonio, bien, todo le había parecido perfectamente sensato.



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