Lydia Thornton era perfectamente agradable, perfectamente educada, perfectamente atractiva, perfectamente todo.

Sólo que no era perfecta para él.

Pero no era justo esgrimir eso en su contra. El sabía lo que hacía cuando pidió su mano. Lo que no había esperado era que su inminente matrimonio se sintiera como una piedra atada alrededor de su cuello. Aunque, en verdad, no le había parecido una perspectiva tan desgraciada hasta esta última semana, cuando había llegado a Thornton Hall, para las celebraciones prenupciales con su familia, la familia de Lydia, y los amigos más íntimos.

Era notable la cantidad de completos extraños que parecían formar parte de ese grupo.

Era suficiente para conducir a un hombre a la locura. Ned tenía pocas dudas de que sería un firme candidato para

“¡Ned! ¡Ned!”

Era una femenina y chillona voz. Una que Ned conocía demasiado bien.

“¡No intentes evitarme!. ¡Te he visto!”

¡Condenación!. Era su hermana, y si todo era como de costumbre, significaba que Emma la seguía tambaleante, lista para ofrecerle su propia opinión tan pronto como Belle hiciera una pausa para tomar aliento.

Y – ¡Dios bendito!- mañana llegaría su madre a Thornton Hall para completar el terrorífico triunvirato.

Ned se estremeció, física y mentalmente.

Espoleó su caballo al paso más rápido que pudo, estando tan cerca de la casa, planeando ponerlo a un raudo galope tan pronto como pudiera, sin que supusiera un peligro para nadie.

“¡Ned!” volvió a gritar Belle, claramente despreocupada por el decoro, la dignidad o cualquier peligro que pudiera correr al bajar corriendo por el camino, ignorante de la raíz de árbol, que serpenteaba sobresaliente en su trayectoria.

– ¡Plof!

Ned cerró con fuerza los ojos, agónicamente, al tiempo que detenía a su caballo. Ya no podía escapar ahora. Cuando los volvió a abrir, Belle estaba sentada en el suelo, con apariencia un tanto disgustada, pero no menos decidida.



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