
“¿Se ha lastimado?”, preguntó suavemente mientras se acercaba.
“Me temo que me he torcido el tobillo”, dijo ella haciendo una mueca de dolor cuando intento tirar con fuerza de su bota para quitársela. “Estaba paseando y…”
Ella miró hacia arriba, parpadeó varias veces con sus enormes ojos grises y entonces dijo: “¡Oh!”
“¿Oh?”, repitió él.
“Usted es Lord Burwick”
“En efecto”
La sonrisa de ella carecía extrañamente de calor. “Soy la hermana de Lydia”.
Charlotte Thornton se sentía como una tonta insensata, y odiaba sentirse como una tonta insensata. No era, supuso ella, que a nadie le gustara especialmente sentirse así, pero ella lo encontraba sumamente irritante, pues siempre había considerado la sensatez como el más loable de los rasgos.
Había salido a pasear impaciente por escapar de la aglomeración de los muchísimos invitados que invadían su casa durante la semana anterior a la boda de su hermana mayor.
¿Por qué Lydia necesitaba a más de cincuenta personas que no conocía para atestiguar sus nupcias?, era algo que Charlotte nunca entendería. Y eso que no le había contado a nadie lo que estaba planificando para el día de la boda.
Pero Lydia lo había querido así, o más bien, su madre lo había querido así, por lo que ahora su casa estaba llena hasta el techo, al igual que todas las casas de los vecinos y todas las posadas locales.
Charlotte se estaba volviendo loca. Y por eso, antes de que alguien pudiera encontrarla y reclamar su asistencia para algún terriblemente importante suceso, como cerciorarse de que el mejor chocolate le fuera servido a la Duquesa de Ashbourne, se puso el traje de montar y escapó.
Excepto que cuando alcanzó los establos, descubrió que el caballerizo le había dado su yegua a una de las huéspedes. Insistió en que su madre así lo había ordenado, pero eso no ayudo demasiado a mejorar el pésimo humor de Charlotte.
