
“Te gustan las manzanas”, murmuró por lo bajo. “Siempre te han gustado las manzanas”.
Las manzanas eran buenas. Sería agradable poseer un manzanar.
Casi compensaba el matrimonio.
Empanadas, continuo pensando. Tartas. Tartas y empanadas sin fin. Y compota de manzanas.
La compota de manzanas era algo bueno. Algo muy bueno. Si sólo lograra equiparar en su mente su matrimonio con la compota de manzanas, conseguiría mantener la cordura hasta la semana siguiente, por lo menos.
Escudriñó en la distancia, intentando calcular cuanto tardaría en llegar hasta las tierras de Lydia. “No más de cinco minutos”, pensó, “y…”
“¡Hola! ¡Hola! ¡Hooooooooola!”
¡Oh!, maravilloso. Otra hembra.
Ned aflojó el paso de su montura, mirando alrededor, intentando calcular de donde procedía la voz.
“¡Aquí! ¡Por favor, ayúdeme!”
Giró hacia su derecha, y después se volvió hacia atrás, e inmediatamente comprobó porqué no había visto a la chica antes. Estaba sentada en el suelo, su traje de amazona, verde, era un eficaz camuflaje entre la hierba y los arbustos que la rodeaban. Su largo cabello castaño estaba sujeto en un recogido que jamás habría pasado la inspección en un salón de Londres, pero en ella el descuidado moño resultaba atractivo.
“¡Buenos días!”, dijo en voz alta, sonando un poco incierta ahora.
Ned detuvo renuentemente la montura por completo y desmontó. Solamente deseaba un poco de privacidad, preferiblemente, cabalgando como si lo persiguieran todos los demonios por los ondulados campos, pero era un caballero (a pesar de su obviamente lamentable tratamiento a su hermana), y no podía hacer caso omiso de una dama en apuros
