La yegua baya chapoteaba en el barro y el agua con las orejas caídas; de vez en cuando sacudía con fuerza la cabeza como para expresar su disgusto ante esa poco caballerosa conducta de los elementos, pero manteniendo un buen paso, a pesar de todo hasta que una ráfaga de viento, más furiosa que cualquier otra que les hubiera atacado anteriormente, la obligaba a detenerse de pronto y plantar las cuatro patas con firmeza en el suelo para que no la. derribara. Y fue algo especialmente misericordioso que así lo hiciera, pues de haber sido derribada, la yegua zorruna era tan ligera, y el calesín era tan ligero, y Tom Smart tenía un peso tan ligero, que infaliblemente habrían ido todos juntos rodando hasta llegar a los confines de la tierra o hasta que cesara el viento; y en cualquiera de los casos lo más probable sería que ni la yegua zorruna, ni e calesín color de arcilla y ruedas rojas ni Tom Smar hubieran vuelto a encontrarse aptos para el servicio

– Condenadas sean mis correas y bigotes -exclamó Tom Smart (a veces Tom tenía un desagradable hábito de lanzar juramentos)-. ¡Condenadas sea¡ mis correas y bigotes, si esto no es agradable, que m, soplen!

Probablemente el lector me preguntará que por qué razón, puesto que a Tom Smart ya le habían soplado bastante, expresó ese deseo de someterse d, nuevo al mismo proceso. No puedo responder; b único que sé es que Tom Smart lo dijo así, o por 1l menos siempre le dijo a mi tío que así lo había dicho, y es la misma cosa.

– Que me soplen -dijo Tom Smart, y la yegua re linchó como si fuera exactamente de la misma opinión-. Alégrate, vieja -añadió Tom tocando a la yegua en el cuello con el extremo del látigo-. En una noche como ésta es inútil seguir tirando adelante, así que en la primera casa a la que lleguemos nos presentaremos, por lo que cuanto más rápido vayas, antes terminará todo. Vamos, vieja, con suavidad, con suavidad.



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