Es evidente que no puedo saber si la yegua zorruna conocía lo suficiente los tonos de la voz de Tom como para entender su significado, o si bien le resultaba más frío quedarse quieta que seguir en movimiento. Lo que sí puedo decir es que no había terminado de hablar Tom cuando la yegua levantó las orejas y se lanzó hacia delante a una velocidad que hizo traquetear el calesín de color arcilla hasta tal punto que uno supondría que cada uno de los radios rojos iba a salir volando sobre la hierba de Marlborough Downs; y Tom, a pesar de llevar el látigo, no pudo detenerla ni controlar su paso hasta que por sí misma se detuvo ante una posada situada a mano derecha del camino, aproximadamente a un cuarto de milla del final de los Downs.

Tom lanzó una mirada presurosa a la parte superior de la casa mientras llevaba las riendas a la pistolera y metía el látigo en la caja. Era un lugar antiguo y extraño, construido con una especie de tablas de ripia encajadas, por así decirlo, con vigas cruzadas, con ventanas terminadas en faldones que se proyectaban totalmente sobre el camino, y una puerta inferior con un porche oscuro y un par de empinados escalones que conducían a la casa, en lugar de la moda moderna de utilizar media docena de escalones más bajos. Sin embargo, era un lugar agradable a la vista, pues por la ventana enrejada salía una luz: potente y alegre que lanzaba rayos brillantes sobre e camino, llegando incluso a iluminar los setos de enfrente; y había una luz rojiza y parpadeante en la; otra ventana, que en algunos momentos era débil mente discernible, y después brillaba con fuerza a través de las cortinas cerradas, lo que daba a entender que había un buen fuego en el interior. Valoran do esas pequeñas evidencias con el ojo de un viajero experto, Tom desmontó con la agilidad que le permitieron sus piernas casi congeladas y entró en la casa.



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