Tom Smart, caballeros, se había sentido siempre muy atraído por el negocio tabernero. Desde hacía, tiempo su ambición había sido atender un bar de su propiedad vestido con un abrigo verde, calzones de pana y fustán de pelo. Tenía grandes ideas acerca de cómo sentarse en cenas joviales, y había pensado a menudo lo bien que podría presidir con su conversación un salón propio, y qué ejemplo supremo sería para sus clientes en el departamento de bebidas. Todas estas cosas pasaron rápidamente por la mente de Tom mientras estaba sentado bebiendo ponche caliente junto al crujiente fuego, y se sintió justa y apropiadamente indignado por el hecho de que el hombre alto estuviera en el camino de conseguir tan excelente casa mientras que él, Tom Smart, estaba tan lejos de ella como siempre. Por ello, tras deliberar mientras tomaba los dos últimos vasos, acerca de si tenía perfecto derecho a iniciar una disputa con el hombre alto por haber conseguido éste la gracia de la rolliza viuda, Tom Smart llegó finalmente a la satisfactoria conclusión de que era un individuo perseguido, cuyas dotes no habían sabido utilizarse, y haría bien en irse a la cama.

La joven elegante guió a Tom por unas escaleras amplias y antiguas, utilizando una mano como pantalla de la vela para protegerla de las corrientes de aire que en un lugar tan antiguo y con tanto espacio para corretear habrían podido encontrar mucho sitio para divertirse sin apagar la vela, pero que, sin embargo, la apagarían; ello permitiría a los enemigos de Tom la oportunidad de afirmar que había sido él y no el viento, el que apagó la vela, y que mientras simulaba soplar para encenderla de nuevo en realidad estaba besando a la joven. Pero en cualquier caso obtuvieron otra luz y Tom fue conducido a través de un laberinto de habitaciones y pasillos hasta una estancia que había sido preparada para su recepción, en la que la joven se despidió de él deseándole buenas noches y le dejó a solas.



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