
Era una habitación buena y grande con amplio armarios y una cama que habría servido para un internado completo, por no hablar de un par de roperos de roble en los que habrían cabido los equipajes de un pequeño ejército; pero lo que más llamó la atención a Tom fue una extraña silla de respaldo alto y aspecto horrendo tallada de la manera mi fantástica, con un cojín de damasco floreado y una abultamientos redondos en la parte inferior de lo patas cuidadosamente envueltos en paño rojo como si tuviera gota en los dedos. De cualquier otra extraña silla Tom sólo habría pensado que era una silla extraña, y ahí habría terminado el asunto; pero en esa silla particular había algo, aunque no podía decir qué era, tan extraño y tan diferente a cualquier otro mueble que hubiera visto nunca que pareció fascinarle. Se sentó delante del fuego y se quedó mirando fijamente la vieja silla durante media hora como si el demonio se hubiera apropiado de ella; el tan extraña que no podía apartar los ojos de aquel, objeto.
– Vaya -dijo lentamente mientras se desvestía sin dejar de mirar un solo momento la vieja silla, erguida con aspecto misterioso junto a la cama-. Jamás en mi vida vi cosa tan peculiar. Muy extraño -añadió Tom, que con el ponche caliente se había vuelto bastante sagaz-. Muy extraño.
Sacudió la cabeza con actitud de profunda sabiduría y volvió a contemplar la silla. Sin embargo, no pudo sacar nada en claro, por lo que se metió en la cama, se tapó hasta estar bien caliente y se quedó dormido.
Media hora después, Tom despertó sobresaltado de un confuso sueño en el que participaban hombres altos y vasos de ponche: y el primer objeto que se presentó ante su imaginación despierta fue la extraña silla.
– No voy a mirarla más -se dijo apretando los párpados uno contra otro y tratando de persuadirse de que iba a dormir de nuevo. Inútil; por sus ojos sólo bailaban sillas extrañas que coceaban con sus patas, saltaban las unas sobre los respaldos de las otras y realizaban las cabriolas más extrañas.
