—Eso sigue sin ser…

Edward levantó la mano un momento, y luego sacó un paquete del maletín.

—Veréis, el caso es que llevé a cabo cuidadosas indag-aciones y pude localizar el sitio en el que se produjo el ataque. Un examen muy cuidadoso del terreno reveló viejos c-lavos de carreta, unas cuantas monedas de cobre y, en un trozo de carbón de leña… esto.

Todos estiraron el cuello para ver.

—Parece un anillo.

—Sí. Está, está, está d-escolorido en la superficie, por supuesto, porque de otra manera alguien hubiese repa-rado en él. Probablemente estaba escondido en algún lugar de una carreta. Hice que lo limpiaran en p-arte. Fijándose bien, se puede leer la inscripción. Bien, he aquí un inventario i-lustrado de las joyas reales de Ankh hecho en el año 907 AM, durante el reinado del rey Tyrril. ¿Puedo, si me lo permitís, llamar vuestra a-tención hacia el pequeño anillo de boda que hay en la esquina i-nferior izquierda de la página? Veréis que el artista tuvo la amab-ilidad de dibujar la inscripción.

Hicieron falta vanos minutos para que todos lo examinaran, ya que eran personas suspicaces por naturaleza. Todas descendían de personas para las que la sospecha y la paranoia habían figurado entre los principales rasgos de supervivencia.

Porque todos eran aristócratas. Ni uno solo de ellos ignoraba el nombre de su tatara-tatara-tatarabuelo ni la vergonzosa enfermedad que le había provocado la muerte.

Acababan de ingerir una comida no muy buena que, no obstante, había incluido vanos vinos antiguos dignos de catar. Habían asistido a ella porque todos habían conocido al padre de Edward, y los De M’uerthe eran una excelente familia de gran antigüedad, por muy reducidas que hubieran pasado a verse sus circunstancias.



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