—Así que ya lo veis —dijo Edward con orgullo—. Las pruebas son abrumadoras. ¡Tenemos un rey!

Los integrantes de su audiencia trataron de evitar mirarse los unos a los otros.

—Pensaba que os sentiríais muy complacidos —dijo Edward.

Finalmente, lord Óxido expresó en voz alta el consenso general. En aquellos ojos tan azules no cabía la compasión, la cual no era un rasgo de supervivencia, pero a veces podía permitirse correr el riesgo de mostrar un poco de amabilidad.

—Edward, el último rey de Ankh-Morpork murió hace siglos —dijo lord Óxido.

—¡Ejecutado por t-raidores!

—Incluso si todavía se pudiera encontrar a un descendiente, ¿ no crees que a estas alturas la sangre real ya estaría un poco aguada?

—¡La sangre real no puede a-guarse!

Ah, pensó lord Óxido. Así que el joven Edward es de los que piensan que el contacto de un rey puede curar la escrófula, como si la realeza fuera el equivalente al ungüento de azufre. El joven Edward piensa que no hay un lago de sangre lo bastante grande que atravesar con tal de sentar en el trono a un rey legítimo, ni acto demasiado vil que cometer en defensa de una corona. Un romántico, de hecho.

Lord Óxido no era un romántico. Los Óxido se habían adaptado bastante bien a los siglos posteriores a la monarquía de Ankh-Morpork comprando, vendiendo, alquilando y estableciendo contratos y haciendo lo que siempre han hecho los aristócratas, que es ser pragmáticos y sobrevivir.

—Bueno, quizá —concedió, hablando con la suave afabilidad de alguien que está intentando convencer a otro de que se baje de una cornisa—. Pero lo que debemos preguntarnos es: ¿necesita Ankh-Morpork, en este momento, un rey?

Edward lo miró como si se hubiera vuelto loco.

—¿Necesitar? ¿Necesitar, dices? ¿Mientras nuestra hermosa ciudad languidece bajo la bota de un ti-rano?



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